Fotografía de David Dittmar | RMTF

Fotografía de David Dittmar | RMTF

Por Valentina Oropeza


La primera vez que vino a consulta estaba asustada. Era una niña indígena de quince años. Llegó con fiebre, dolor de cabeza y dolor lumbar, los mismos síntomas que tuvo su papá antes de morir. Él no quiso venir al ambulatorio, no confiaba en la medicina de los criollos, los que no somos indígenas. La niña vio cómo su papá empeoró acostado en el chinchorro, en la churuata donde vivía toda la familia. Cuando el capitán de la comunidad se dio cuenta de que el señor estaba grave, lo llevó al hospital del pueblo, pero no había tratamiento para malaria. Por eso la niña pidió que la trajeran al ambulatorio apenas empezó a sentirse mal. 

No te voy a decir su etnia ni dónde vivía y no pongas el nombre del ambulatorio ni la zona donde estamos. No queremos problemas con las comunidades ni con el gobierno. Solo te diré que este caso ocurrió en el sur de Venezuela.

Se llamaba Mate. Le hablé en su idioma pero ni siquiera me miró a los ojos. Yo tenía diez meses como médica rural en la zona y pasaba consulta en su lengua, pero las mujeres de su etnia no hablaban porque el hombre era la cara y la voz de la familia. Cuando venían a consulta, uno le preguntaba al papá, al hermano o al esposo qué tenía la paciente y él respondía por ella. Le dije a Mate caimac, aitäna nkotopak. Hola, ¿dónde te duele? Ella no contestó.

Mate y su familia vivían en una comunidad donde tuvimos un foco de Plasmodium falciparum, la especie del parásito que causa malaria cerebral y la mayoría de las muertes por paludismo. Le hice una gota gruesa y salió Plasmodium vivax, la especie más común, la que no suele generar complicaciones. Los indígenas llaman al vivax paludismo tonto porque muchos lo tienen pero no les afecta demasiado. Le receté primaquina y cloroquina; con eso debía curarse. El capitán de su comunidad dijo que iba a darle las pastillas para que cumpliera el tratamiento. Los capitanes saben que cuando hay un caso de malaria en sus comunidades, deben atenderlo rápido para que no se complique. 

Fotografía de Valentina Oropeza

Fotografía de Valentina Oropeza

Diez días después yo tenía que ir al hospital del pueblo, a ciento sesenta kilómetros, para entregar el registro mensual de pacientes del ambulatorio y recoger medicamentos. Salí a las seis de la mañana para llegar al pueblo antes de las ocho. Quería regresar al mediodía y pasar consulta en la tarde, pero nos accidentamos en plena selva, no teníamos señal y los muchachos tardaron horas en reparar la camioneta. Nos devolvimos poco a poco y llegamos al ambulatorio a las seis de la tarde. No habíamos comido, estábamos cansados. Apenas cruzamos el portón de la entrada, la esposa del vigilante me dijo: “Doctora, hay una paciente que está malita, vaya que está malita”.

Cuando llegué a la sala de espera, vi a Mate recostada en las sillas blancas. Le dije que pasara al consultorio y un primo la cargó y la sentó en la camilla. Me sorprendió que no caminara. La saludé en su idioma pero no levantó la mirada, se quedó muda. Como estaba acompañada por un primo y una mujer, ellos traducían. Les pregunté si había tenido fiebre y me dijeron que se le quitó con el tratamiento. El problema era que no podía caminar. Le di con un martillito en el tendón de la rodilla y no movió las piernas; en los tobillos tampoco tenía reflejos. Les pregunté si Mate había comido o había tomado agua y me dijeron que no. Tenía problemas para tragar. El primo me contó que, el día anterior, Mate había dicho incoherencias. La esposa del vigilante la vio rígida antes de que yo llegara, quizás había convulsionado. Entonces decidí hacerle un examen físico más profundo.

Le pasé una lucecita por los ojos a Mate y el derecho no la siguió. Fue difícil hacerle entender que moviera los ojos, le chasqueaba los dedos a los lados para llamar su atención pero le costaba mover el ojo derecho. La lengua estaba desviada a la derecha. Cuando le palpé el abdomen encontré globo vesical, la vejiga estaba llena. Le pedí que extendiera el brazo derecho y se tocara la nariz para ver si coordinaba, pero no pudo hacerlo. La presión arterial subía y bajaba. Había disfunción parasimpática; la parte del sistema nervioso central que hace que sudemos, orinemos o defequemos no funcionaba bien. Mate tenía daño neurológico. 

Los síntomas indicaban malaria complicada y en el ambulatorio no había artesunato endovenoso, la primera línea de tratamiento que recomienda el Ministerio de Salud y la OPS para tratar este tipo de casos. Teníamos artemeter intramuscular, la segunda línea de tratamiento. 

Llevábamos meses sin antimaláricos. A principios de año, la dirección del hospital nos daba los medicamentos a los ambulatorios de la zona. Pero el gobierno delegó a los militares la distribución de los tratamientos. Entonces la directora del hospital tenía que ir a la comandancia del Ejército para que le entregaran las dosis. En ese protocolo nuevo no incluyeron a los ambulatorios y dejamos de recibir los tratamientos. Cuando los médicos de los ambulatorios planteamos la situación, nos dijeron que teníamos que ir personalmente a retirar las dosis cada vez que tuviéramos un paciente con malaria. Eso retrasaba el tratamiento unos quince días porque estábamos muy lejos. Intenté hacerlo, fui cuatro veces a la comandancia y nunca me dieron antimaláricos. 

Un día se les murió un indígena de malaria en el hospital porque no había tratamiento. Aparecieron indígenas de todas las etnias del municipio y protestaron frente al hospital. Gracias a eso cambiaron el esquema de entrega y permitieron que los pacientes, e incluso los capitanes de las comunidades, retiraran los antimaláricos. Quien murió fue el papá de Mate.

Fotografía de David Dittmar | RMTF

Fotografía de David Dittmar | RMTF

Como no estaba segura si el artemeter era suficiente para tratar a Mate, decidí pedir una segunda opinión y le escribí por Whatsapp a una internista que había hecho su rural en el mismo ambulatorio. Le conté los síntomas y los antecedentes del caso. Me recomendó que la hidratara para darle un poco de fuerza porque no había comido y confirmé cómo preparar la inyección de artemeter. La internista creía que era malaria complicada, había leído de casos de malaria cerebral por vivax y no solo por falciparum.

La internista sospechaba que Mate podía tener el síndrome de Guillain-Barré. Es una enfermedad rara que se activa por una infección o un medicamento. El cerebro transmite señales eléctricas a los músculos a través de los nervios, los cuales están protegidos por una sustancia que se llama mielina. Cuando hay Guillain-Barré, se destruye esa capa y los nervios se apagan, no transmiten las señales eléctricas y no hay respuesta muscular. Por eso Mate no podía mover las piernas ni el ojo derecho ni podía tragar ni orinar. Si tenía Guillain-Barré era una paciente crítica, y debía estar en terapia intensiva atendida por especialistas. No en un ambulatorio con médicos generales. Mate estaba en riesgo de morir. 

Intenté llamar a varios servicios de aeroambulancia pero no lograba comunicarme. La señal era muy débil. Le pedí a la internista que llamara desde Caracas mientras le ponía a Mate un foley, un catéter para sacarle la orina. El que tenía era demasiado grueso para ella. Con niñas tan jóvenes solemos usar un foley más pequeño pero no había. Traté de introducir el catéter. No pude. Salí del consultorio y respiré profundo unos minutos. Volví y logré ponérselo. Le saqué un litro de orina.

La internista se comunicó con cuatro servicios. Dos helicópteros estaban muy lejos de la zona y una avioneta estaba trasladando a un paciente. El último piloto le dijo que podían buscar a Mate al día siguiente en el hospital del pueblo si llegábamos temprano. 

Ya era medianoche y teníamos dos opciones: llevarla en el carro accidentado o esperar hasta el día siguiente. Con la primera opción me arriesgaba a que nos quedáramos varados sin las medidas de soporte básicas para mantenerla estable. Me preocupaba que Mate hiciera una falla respiratoria porque la respiración también es un proceso neurológico. Si eso pasaba, tendríamos que intubarla. Con la segunda opción me arriesgaba a que no pudiéramos arreglar la camioneta a tiempo y Mate colapsara antes de llegar al hospital. Desperté al chofer, le conté la situación y me dijo que a primera hora buscaría la forma de arreglar la camioneta. Regresé al consultorio, me senté en la camilla que estaba a su lado para monitorearla y dormí un par de horas.

A las seis de la mañana le tomé los signos vitales y Mate se encontraba estable. Me asomé y vi al conductor del ambulatorio con medio cuerpo debajo del capó de la camioneta. A las ocho de la mañana se le subió la tensión y le dije al chofer que ya no podíamos esperar más. Mientras el primo me ayudaba a subirla a la camioneta, yo le repetía capanaoki, capanaoki. Tranquila, tranquila. Por primera vez me miró a los ojos y me habló en su idioma. “No me quiero morir”. 

Llegamos al hospital a las diez de la mañana. La avioneta se había ido a buscar a un paciente grave a otro hospital. Le entregué el caso a una residente de la Universidad de Oriente de mi confianza. Le sugerí que hiciera otra gota gruesa para comprobar si tenía malaria mixta, quizás tenía falciparum también y por eso se había complicado. Pero volvió a dar vivax. Les dije que me parecía síndrome de Guillain-Barré y estuvieron de acuerdo. Había un especialista en malaria que escuchó el caso y recomendó referirla de inmediato con un intensivista a Ciudad Bolívar o Puerto Ordaz. Me quedé hasta el mediodía pero debía volver. El ambulatorio estaba solo. 

Durante el trayecto de vuelta no tenía señal para preguntar cómo seguía Mate. Llegamos al ambulatorio cerca de las dos de la tarde. Cuando volví a conectarme, recibí un mensaje de la residente. Mate hacía kussmaul, la respiración que precede a la muerte. Me senté a llorar de la frustración. Esa niña no tenía que sufrir por una enfermedad que había sido eliminada hace tanto tiempo. Horas más tarde, la residente me informó que Mate había muerto.

Créditos:

Dirección general: Ángel Alayón y Oscar Marcano

Jefatura de investigación: Valentina Oropeza

Jefatura de diseño: John Fuentes

Jefatura de innovación: Helena Carpio

Texto: Valentina Oropeza

Asistencia de investigación: María Paola Sánchez

Fotografías: David Dittmar | RMTF y Valentina Oropeza

Edición: Ángel Alayón y Oscar Marcano

Producción digital: John Fuentes

Redes sociales: Salvador Benasayag


Caracas, 30 de octubre de 2019