El ataque
del dragón amarillo

Texto por Yorman Guerrero
Fotografías por Roberto Mata y Helena Carpio

I

Las matas jóvenes estaban pasmadas y amarillas. Jesús Aular no necesitó examinarlas de cerca. Los naranjales de la hacienda Pozo Blanco ya no eran verdes. Arrancó una naranja, corrió a la casa y se la mostró a José Luis Batista, el dueño de la finca ubicada en Aroa, una comunidad del estado Yaracuy que siembra naranja, limón, mandarina y toronja.  

La naranja era pequeña y amorfa. La cortaron. La corteza era más gruesa de lo normal, el centro de la pulpa se había desplazado y las semillas no habían crecido por completo. Los agrónomos las llaman semillas abortadas. Cuando la planta está malnutrida, atacada por microorganismos o le falta riego, las hojas se ponen amarillas. Aular descartó todas las opciones. Los árboles más viejos seguían productivos.

Comenzaba 2017. Aular había asesorado a Batista durante once años para mejorar el rendimiento de sus siembras. Coordina el área de Fruticultura del Posgrado del Decanato de Agronomía en la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA). Visitaba Aroa dos veces al mes. Pozo Blanco era uno de sus lugares de investigación. La finca tenía 30 hectáreas sembradas de naranja. Era su principal rubro hasta que Aular advirtió la llegada de la enfermedad.

A 64 kilómetros de allí, al oeste de Carabobo, había otra plantación con los mismos síntomas. Era la hacienda Las Parchas y pertenecía a Carlos Romero, un especialista en sistemas de riego que compró 50 hectáreas de terreno en 1988 y sembró limón y naranja a partes iguales.

Romero pensó que a las plantas les faltaba hierro, cobre, zinc o magnesio, un problema común cuando escasean los fertilizantes. En esos casos las hojas se ponen amarillas por una cara. Pero esta vez estaban amarillas por las dos. “Empezó a atacar las matas más pequeñas. Las más grandes se ponían amarillas y dejaban de producir. Los frutos se caían antes de tiempo y maduraban a la inversa, desde arriba hacia abajo”.

La carretera que separa Pozo Blanco de Las Parchas era un paisaje decadente: sembradíos de cítricos amarillentos, abrazados por la maleza y la tiña, una planta parásita que crece en árboles y postes abandonados. Ninguno de los dos productores sabían por qué sus sembradíos habían cambiado de color. Romero temía perder 30 años de trabajo. Se reunió con otro citricultor de la zona y viajó hasta la sede del Instituto Nacional de Salud Agrícola Integral (Insai), en Aragua, para consultar a los especialistas sobre la situación. Según la Ley de Salud Agrícola (2008), cualquier persona que sospeche de la presencia de enfermedades y plagas que afecten sus cultivos está obligada a notificarlo a ese organismo.

Romero había leído en Internet sobre una plaga que acabó con grandes cultivos de cítricos en Brasil. Sugirió a los directivos del Insai que podía tratarse de la misma enfermedad. Pero enseguida le exigieron que no asustara a los demás productores. "Me acusaron de crear una alerta sin fundamentos".

Una resolución del Ministerio de Agricultura (2013) prohíbe publicar datos sobre las plagas hasta que el Insai no verifique o diagnostique su presencia y se determine oficialmente el estatus del patógeno en el país.

Carlos Romero tiene más de treinta años cultivando cítricos en la Hacienda las Parchas. Fotografía por Roberto Mata.

Carlos Romero tiene más de treinta años cultivando cítricos en la Hacienda las Parchas. Fotografía por Roberto Mata.

II

Un teléfono repicó en el laboratorio de Biotecnología y Virología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Llamaban desde las oficinas del Ministerio de Agricultura. Preguntaron si el instituto, fundado en 1959, podía resolver el misterio.

No era la primera vez que había una enfermedad vegetal en Venezuela. Entre 1980 y 1985 colapsó la citricultura venezolana: el virus de la tristeza de los cítricos (CTV, por sus siglas en inglés) arrasó con 30.000 hectáreas de plantas injertadas en naranjo agrio, localmente llamado cajera. Después de varias investigaciones, el Ministerio de Agricultura y Cría y su departamento de Sanidad Vegetal resolvieron cambiar las plantas donde se hacían los injertos (patrones) por unas tolerantes al CTV. Los programas fitosanitarios se fortalecieron en 1992 con la creación del Servicio Autónomo de Sanidad Agropecuaria (SASA), un órgano que velaba por el desarrollo de la producción agropecuaria. En 2008 la Ley de Salud Agrícola lo suprimió y lo convirtió en Insai, encargado de formular y ejecutar los planes para la prevención, control y erradicación de plagas y enfermedades.

A mediados de 2017, el Insai activó sus protocolos y convocó a una veintena de especialistas en fitopatología y manejo de insectos plaga. Eran guiados por los biotecnólogos Edgloris Marys y Eduardo Rodríguez, del IVIC; el fitopatólogo Rafael Mejías y la especialista en control de plagas Mailys Mago, ambos de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Empezaron a recolectar las muestras el viernes 4 de agosto de 2017. Primero en cuatro fincas de los municipios Cocorote y Veroes, en Yaracuy. Continuaron en huertos y viveros de Aragua, Carabobo, Trujillo y Táchira. Visitaron los sembradíos de Batista y Romero. Los técnicos y citricultores eran sabuesos detrás de pistas. Sus maletines iban cargados de alcohol, bisturís, bolsas de plástico, cámaras, contadores manuales, GPS, lupas, pinceles entomológicos, sprays y tijeras. Registraron datos sobre cada finca: hectáreas, sistemas de riegos, presencia de insectos.

Tomaron poco más de un centenar de muestras para determinar molecularmente si los síntomas estaban asociados con alguna bacteria. Recolectaron hojas, frutos y tallos de árboles que podían tener la enfermedad. Cada tejido viajó hasta la sede del IVIC, en el kilómetro 11 de la carretera Panamericana del estado Miranda. Los investigadores pasaban hasta 14 horas diarias encerrados en cuartos iluminados, rodeados de microscopios e incertidumbre.

Cada muestra se pesó, homogeneizó e incubó con los mismos parámetros. Como buscaban una bacteria específica, se extrajo el ADN total y se evaluó con geles  importados desde Corea del Sur para saber si estaba o no la enfermedad. Una semana después obtuvieron el resultado.

III

Carlos Romero compró su último lote de matas en Guayabita, un pueblo aragüeño que agrupa la mayor cantidad de viveros de cítricos de Venezuela. Engelbert Requena, vocero del gremio y dueño de uno de los semilleros, dice que en 2017 había 87 viveros registrados. Estima que podría haber el doble de clandestinos.

Engelbert es de la tercera generación de viveristas de su familia. Coromoto Requena, su tía, nació en 1957 y su papá ya cultivaba cítricos en la explanada de ocho hectáreas. En ese terreno, ella y sus 17 hermanos aprendieron a marcar los surcos de siembra con nylon, injertar manualmente matas de cítricos y preparar pedidos en capas de papel que arrancaban de las bolsas de pan.

En el vivero de los Requena cuidaban el proceso de crecimiento de los cítricos durante 18 meses: desde que estaban en semilleros (0-3 meses), pasando por el trasplante y desarrollo de patrones (4-12 meses), hasta alcanzar el desarrollo y formación de ramas y hojas (13-18 meses). Allí producían variedades de cítricos con características deseables: mandarino cleopatra (de frutos pequeños pero muy tolerante a virosis); citrumelo (resistente a suelos salinos); carrizo (de mayor productividad). Eran monitoreados por las autoridades para marcar su origen y garantizar la calidad de los frutos. Pero eso cambió.

Antes había inspecciones regulares para detectar enfermedades. Los técnicos del SASA fiscalizaban el vivero cada mes. Cuando el organismo cambió a Insai, retrasaron las visitas. Los últimos tres años los viveristas pagaron los viajes de los inspectores que firmaban los permisos para trasladar las plantas. La última vez que los visitó el Insai iban acompañados de científicos del IVIC y UCV. Llegaron tarde.    

El ataque comenzó en el borde sur del vivero donde Palmira, una de las hermanas, tenía sus matas. Ella sacó el primer lote que se puso amarillo y lo quemó. Pero semana tras semana nuevas parcelas amanecían pintadas de amarillo. Otros viveristas le recomendaron echar azúcar o creolina entre los surcos. Nada sirvió. Mientras tanto, clientes de Yaracuy llamaban desesperados al teléfono de Coromoto. “Nos echaste una vaina, esas matas que nos vendiste dejaron de crecer”, le decían.

Coromoto se rindió en agosto de 2017, después de que la visitó la cuadrilla de investigadores que escudriñaron en su vivero. La advertencia de otros citricultores acabó con sus esperanzas de recuperarse. Todos sugerían que estaban frente a una epidemia de alcance nacional. Ella presentía lo que venía. Un día no aguantó más y habló con Engelbert.

–Hijo, este negocio se acabó. No voy a seguir metiendo matas porque nos cayó el dragón amarillo.

–Yo no le hago caso a esa vaina. No irás a seguir trabajando tú, pero yo sí.

Coromoto Requena comenzó a sembrar plátanos después de que perdió su cultivo de cítricos. Fotografía por Helena Carpio.

Coromoto Requena comenzó a sembrar plátanos después de que perdió su cultivo de cítricos. Fotografía por Helena Carpio.

IV

La investigación científica arrojó un resultado inequívoco: compatibilidad del cien por ciento con ADN bacteriano de Candidatus Liberibacter asiaticus, el organismo causal del Huanglongbing (HLB) o dragón amarillo. La enfermedad más destructiva de los cítricos. Reduce la talla, el peso, el dulzor y el porcentaje de jugo en los frutos. Inevitablemente, todos los árboles infectados por la bacteria iban a morir.

Comer frutos infectados con dragón amarillo no afecta la salud de los seres humanos.

La bacteria vive y se desarrolla en las venas de las plantas, conocidas como floema. Limita el flujo de agua y nutrientes presentes en la savia hasta secarla. Como si un agente tapara las arterias del cuerpo humano y bloqueara el flujo de sangre hasta gangrenar las extremidades. Pueden pasar 2 o 3 años desde la aparición de los primeros síntomas hasta la muerte de la planta. Solo el riego, la fertilización y el  combate de otras plagas, puede extender el período de productividad de árboles maduros de 3 a 10 años. El dragón amarillo no tiene cura.

Se registró por primera vez al sur de China en 1919. La enfermedad es conocida como “Greening” en Sudáfrica, “Dieback” (muerte regresiva) en India o “Chlorosis” en Java. En América se reportó por primera vez en Brasil (2004), seguido de Estados Unidos (2005), Cuba (2007), República Dominicana (2008), Belice y México (2009) y Colombia (2014).

El dragón amarillo dejó cifras escandalosas en el mundo: 95% de los árboles cítricos de Tailandia fueron afectados en 1981; todas las plantaciones de mandarina y naranja dulce de Arabia Saudita desaparecieron entre 1965 y 1975; en Brasil 3 millones de árboles de naranja dulce fueron erradicados en 2004; en Florida se estiman pérdidas por HLB valoradas en $9,3 billones.

77% de las muestras recogidas en Venezuela dieron positivo para HLB. El mayor nivel de incidencia lo tuvo Portuguesa (30%), seguido por Aragua (26%), Yaracuy (24%) y Carabobo (20%). Un control exitoso de la enfermedad exige una prevalencia menor al 1%. Las primeras muestras recolectadas en Yaracuy marcaron un precedente en el HLB en Venezuela: se convirtió en la primera región del país en aparecer en el GenBank, una base de datos de secuencias genéticas de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.

Para 2014, Yaracuy y Carabobo tenían una superficie estimada de 37.688 hectáreas sembradas de cítricos y cada una de ellas producía, en promedio, 14,80 toneladas. Son las últimas cifras del Ministerio de Agricultura.  

Es difícil determinar cómo entró el HLB a Venezuela. Los expertos en citricultura  creen que pudo llegar a través de la importación de yemas infectadas, un brote utilizado para reproducir matas de cítrico. También en plantas que hospedaban huevos, ninfas o adultos del insecto vector infectado, el psílido asiático de los cítricos. Conocido como Diaphorina citri, puede alcanzar cuatro milímetros de longitud después de pasar por cinco estados ninfales y viajar de un árbol a otro empujado por el viento. Puede trasladarse grandes distancias agarrado en la ropa de las personas.

Pedro Morales, un entomólogo del Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas, encontró el vector por primera vez en abril de 1999. Visitaba a su abuela en la Península de Paraguaná en Falcón, cuando encontró un puñado de insectos en un árbol de limón criollo sembrado en el patio de aquella casa. Otro transmisor de la enfermedad, la Trioza erytreae, no ha sido identificado en el país.

Las autoridades de sanidad vegetal de la época fumigaron para limitar la presencia del insecto solo en el área de Punto Fijo, pero se propagó rápidamente. El año siguiente apareció en Aragua y Zulia. El SASA capacitó a productores, ingenieros y técnicos relacionados a la citricultura para identificar el vector.  En 2007 se aplicaron pruebas de PCR para diagnosticar el patógeno y los resultados dieron negativo. Para ese año, a pesar de la presencia del vector, no se observaban en Venezuela síntomas del dragón amarillo.  

Para 2006, Morales y su equipo, liderado por Mario Cermeli, especialista en manejo de insectos, rastrearon la Diaphorina citri en al menos 14 estados del país, incluyendo Distrito Capital, Miranda, Sucre, Monagas y Anzoátegui. El insecto crece en temperaturas entre 25 y 28 grados, lo que dificulta su control en las zonas citrícolas de Venezuela, donde los termómetros marcan esa escala la mayor parte del año. Su ciclo de vida es de 15 a 47 días y la hembra pone más de 800 huevos.

La Diaphorina citri portadora de la bacteria infecta los árboles cuando chupa la savia en los retoños de las plantas. Afecta principalmente a los árboles jóvenes, mientras que los más viejos se vuelven improductivos hasta morir.

V

Desde que la escasez de fertilizantes coincidió con la llegada de la peste, en Pozo Blanco hacen de todo para mantener los naranjales vivos. Batista cría lombrices que tragan bosta seca de ganado. Diariamente empapa con agua cestas con estiércol y gusanillos. Lo que escurre es usado como abono foliar para alargar la vida de los árboles enfermos. Esa recomendación está en el Programa para detección, prevención, manejo y control del Huanglongbing de los cítricos, elaborado por la Dirección de Salud Vegetal Integral del Insai. El documento fue aprobado el 2 de octubre de 2017 por el Ministerio de Agricultura Productiva y Tierra. Apareció en la Gaceta Oficial número 41.248 de la misma fecha.

El plan incluye diagnosticar temprano el HLB, medir la población de Diaphorina citri, iniciar la producción de plantas certificadas, elaborar boletines técnicos e informativos para los productores, controlar el vector a través de fumigación y depredadores biológicos, erradicar las plantas enfermas y alargar la vida de los árboles más viejos con fertilización. Expertos coinciden en que el documento de 64 páginas recoge las mejores prácticas aplicadas en otros países donde ha habido dragón amarillo y aprobadas por organismos internacionales.

Entre 1980 y 1994 funcionó el Servicio Nacional de Certificación de Plantas Cítricas. Desde entonces, ningún vivero era capaz de producir plantas de ese tipo. Los viveristas producían sin control fitosanitario. Con la llegada del dragón amarillo, las autoridades venezolanas limitaron la importación de material de propagación vegetal -como tallos o semillas- a países con programas de certificación de plantas cítricas reconocidas y con autorización previa de organismos nacionales.

Antes, las empresas podían financiar directamente proyectos en universidades y centros de investigación en Venezuela. En 2007, Batista, en representación de Multi Fruit C.A., y Aular, a través de la UCLA, elaboraron un proyecto para producir plantas de naranjo certificadas. La universidad se encargaría de reproducir las plantas libres de enfermedades. La empresa aportaría los fondos requeridos provenientes del 0,5% de su producción, basados en el marco de la Ley de Ciencia y Tecnología e Innovación (Locti). El equipo había localizado las plantas más sanas, más productivas y con frutos de mejor calidad. El convenio duraría cinco años. Pero cambió la legislación. Desde 2008, el Estado exige a las empresas aportar el 0,5% de sus ingresos a un fondo nacional manejado a discreción. El proyecto se detuvo.

"Ahora estamos viviendo las consecuencias. El dragón amarillo lo metimos en nuestras fincas por comprar matas en viveros sin ninguna fiscalización”, lamenta Batista.

La productividad de Pozo Blanco cayó en una fosa: hasta 2016 la finca producía en promedio un millón de kilos de naranjas por año. En 2017, fueron 100 mil kilos. Industriales aseguran que, en comparación con años anteriores, ahora se necesitan más naranjas para producir un litro de jugo.

Por cada planta detectada con la bacteria, se estima que hay otras sin diagnosticar. Batista calcula que 70% de su siembra está infectada. El documento elaborado por el Insai sugiere que cuando una plantación tiene 28% de infección debe ser eliminada totalmente. Ahora pasa días enteros planeando cómo sembrar cocos entre cada mata de naranja. No sabe si también sembrar yuca o cacao o pardillos o cedro. Lo que sea más difícil de robar. Desde hace un par de años sorprende a malhechores dentro de su terreno cargando sacos llenos de naranjas. No quiere deforestar porque eso abriría la posibilidad de que lo invadan.

"Es frustrante. Uno no llora, pero lleva la procesión por dentro”.

Jose Luis Batista estima que 70% de su sembradío de cítricos está enfermo con HLB. Fotografía por Roberto Mata.

Jose Luis Batista estima que 70% de su sembradío de cítricos está enfermo con HLB. Fotografía por Roberto Mata.

VI

Con buenos cuidados, una mata de naranja puede producir durante 25 años hasta que muere de forma natural. Por eso, en 2016, cuando Romero sustituyó las matas viejas por unas nuevas, pensó que sería la última vez que lo haría. Romero acababa de cumplir 61 años, para el próximo recambio tendría más de 80 y quizás estaría retirado. “Pero ahora me encuentro con que no tengo nada, porque toda la plantación se va a morir”. La parte sembrada de limón es la más afectada de su finca. Este árbol produce más retoños, el hospedero ideal de la Diaphorina citri. Sus cálculos son desalentadores: la mitad de su cultivo está infectado.

“Sembraré cacao debajo de las matas que me quedan. El cacao necesita protegerse del sol los primeros 3 años, el mismo tiempo que tardarán los árboles en morir”.

Desde que se promulgó el decreto en octubre de 2017, Romero ha asistido al menos a una treintena de reuniones con las autoridades sobre HLB. No han comenzado a eliminar las plantas hospederas, muchas de ellas convertidas en cercos naturales o adornos en plazas como limoncillos, jazmín, azahar de la India o mirto. Tampoco han iniciado el cultivo del controles biológicos de la enfermedad. La resolución venezolana sugiere depredadores para controlar los huevos y estadios ninfales N1 y N2, parásitos para los estadios N3, N4 y N5, y hongos para acabar con el adulto. Una opción sería la reproducción masiva de Tamarixia radiata, otro insecto que disminuye las poblaciones de Diaphorina citri.

La mayoría de los países donde se han registrado brotes de HLB han aprendido a convivir con la enfermedad. En Brasil, el mayor productor mundial de cítricos, erradicaron plantas infectadas, controlaron al vector y volvieron a sembrar plantas protegidas en viveros certificados. El costo promedio del manejo del HLB en Brasil es de 400 dólares por hectáreas. El caso argentino es un ejemplo de éxito: en junio de 2012 se detectó por primera vez la bacteria en la provincia de Misiones. El mes siguiente se intensificaron las encuestas de vigilancia epidemiológica y se destruyeron los árboles infectados. En noviembre de ese mismo año, la Organización Nacional de Protección Fitosanitaria de Argentina declaró que la enfermedad había sido erradicada. En 2015, Colombia presupuestó casi 700 mil dólares para capacitación, divulgación, concientización y elaboración de normativas y estándares.

La llegada del dragón amarillo redujo la oferta de naranjas en Venezuela, lo que forzó el aumento de su precio. En enero de 2018, recuerda Romero, un kilo de naranja costaba 450 bolívares fuertes para la industria. En agosto de ese mismo año, poco antes de la reconversión del bolívar, la cifra se había disparado a 450.000. Un aumento de 99.900% en 8 meses, 40.000 puntos porcentuales por encima de la inflación general registrada en el mismo periodo, según cifras de firmas independientes.

Multi Fruit C.A., una de las siete empresas que procesa naranjas en Venezuela, pasó de recibir 50 millones de kilos en 2016 a 30 millones el año siguiente. En lo que va de 2018 no alcanzan los 20 millones de kilos procesados. Las cifras de exportación nacional daban cuenta de la importancia de los cítricos en Venezuela: desde enero a mayo de 2017, Venezuela exportó 77,7 toneladas de naranja a Estados Unidos, Aruba, Bonaire y Curazao.

Romero predice que si la respuesta de las autoridades no se ejecuta a tiempo, en 3 o 4 años desaparecerá la citricultura venezolana. “La gente se va a enterar del dragón amarillo cuando quiera comprar jugo de naranja y no encuentre”.

VII

Coromoto Requena crió a sus tres hijas con las ganancias del vivero, al igual que ellas criaron a sus hijos. Cuando les notificaron que tenían dragón amarillo en su finca, todas lloraron. Coromoto les dijo que recordaran lo bueno. “El vivero nos dio carro, nos dio casa, nos dio comida”. El porcentaje de incidencia de HLB en los municipios del estado Aragua fue más alto que el promedio nacional. En José Félix Ribas marcó 41%, mientras que en Santiago Mariño, donde está Guayabita, la cifra se disparó a 69%.

Las ventas de Agroviveros Los Hermanos se pararon en agosto de 2017, días después de que Coromoto habló con Engelbert. Ese año vendieron apenas 800 mil matas, nada cerca de las 3 millones que acostumbraban a comercializar.

Ha pasado un año desde la promulgación del decreto. Gran parte de ese terreno fértil está improductivo. Hay tuberías de riego y restos de bolsas negras. En una esquina se ven nueve hileras de matas de aguacate, apenas nacientes. También hay yuca, ají y cambur. Nada parecido al paisaje de antes.

Las medidas preventivas para producir matas libres de dragón amarillo requieren una inversión del Estado. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) resalta el papel de las relaciones intergubernamentales en la aplicación de las políticas públicas orientadas a la gestión del HLB. El organismo sugiere respaldar los servicios de sanidad vegetal con políticas que garanticen recursos humanos y financieros para enfrentar al dragón amarillo.

Coromoto y Engelbert no confían en las acciones del gobierno para controlar el vector y mantener a raya la enfermedad. El programa del Insai exige limpiar la  maleza de los alrededores de los viveros, colocar trampas en el interior de las casas de cultivo y cubrir esas estructuras con mallas antiafidas que impidan la entrada del vector.

En septiembre de 2017, Engelbert reunió a sus obreros para darles la noticia. Había trabajadores que tenían 14 años en la faena de arrancar monte, seleccionar matas y llenar bolsas. “Hay trabajo hasta el viernes. Hasta ese día les pago”, les dijo. De 120 trabajadores quedan tres.

El programa del Insai llama a los viveristas a remover los árboles infectados. Al día siguiente que supo los resultados, Engelbert alquiló una retroexcavadora. En tres días, sus trabajadores vaciaron en la tierra el contenido de todas las bolsas negras del vivero. La máquina abrió un hueco y enterró todo, 600 mil plantas. “Esas matas eran mi patrimonio, mi dinero, lo que me enseñaron mamá y papá”.

Créditos:

Dirección general: Ángel Alayón y Oscar Marcano

Jefatura de investigación: Valentina Oropeza

Jefatura de diseño: John Fuentes

Dirección de fotografía: Roberto Mata

Jefatura de innovación: Helena Carpio

Texto: Yorman Guerrero

Fotografías: Roberto Mata y Helena Carpio

Infografías: John Fuentes

Edición: Ángel Alayón, Oscar Marcano y Valentina Oropeza

Producción digital y montaje: Helena Carpio

Redes sociales: Salvador Benasayag