Historia
de dos
hermanos

Fotografía de Mauricio López | RMTF

Fotografía de Mauricio López | RMTF

Por Indira Rojas


La primera vez que Denis durmió en la calle tenía 14 años. Se tumbó sobre pedazos de cajas para no apoyar la cara en el suelo. Le daba asco. El frío lo hacía temblar y se cubrió con otro cartón, pero fue inútil. No frenaba el viento ni le daba calor. Enrolló el cuerpo como un cachicamo, llevando la cara al pecho y las rodillas al estómago. Tenía tanta rabia que le dieron ganas de llorar. Lo único que le gustaba era que la noche a la intemperie no era oscura ni silenciosa como en casa. Los postes de luz estuvieron encendidos hasta la madrugada. Los carros retumbaban al pasar, los borrachos reían y podía escuchar la música de los bares. Denis pensó que el ruido espantaba a los fantasmas. Nunca había visto uno, pero les tenía miedo. Cuando ya estaba dormido, llegaron los espantos; le pegaron un corrientazo en el estómago. Abrió los ojos de golpe y vio sombras. Levantó la mirada y había hombres uniformados. Otros niños le habían dicho que no se dejara agarrar por la policía. “¡No puedes estar aquí!”, le gritaron. Sintió otro corrientazo y comenzó a llorar. Denis no tenía a dónde ir. 

*

Mamá Dayana cuidaba a los niños. Papá Carlos vendía café en las calles de Charallave. Vivían en la casa que él había construido. Denis llamaba al lugar “la parcela”, porque le daba vergüenza decir que vivía en un rancho. Vivían hacinados y el techo estaba caído de un lado. 

Dayana y Carlos tenían nueve hijos, cuatro niños y cinco niñas. Denis es el mayor de los varones, moreno y delgado como su padre. Cuando estaba en la escuela era uno de los mejores alumnos en la clase de Matemáticas. Su madre lo ayudaba con las tareas y le aconsejaba leer y practicar sumas, restas y multiplicaciones. 

El único problema en la escuela eran las peleas. Algunos compañeros pateaban su pupitre cuando se concentraba. Otros le lanzaban bolitas de papel a la cabeza. Si Denis los acusaba con la maestra y no les llamaban la atención, se levantaba de su puesto y peleaba. “Gracias a Dios nunca le partí el brazo a nadie. Si fuera así, no me aceptarían en ninguna escuela”. 

A Denis le gusta estudiar, pero no sabe qué profesión escogerá cuando sea un adulto. Está orgulloso de ser bueno para las matemáticas y dice que se relaja al dibujar y pintar. Fotografía de Mauricio López | RMTF

A Denis le gusta estudiar, pero no sabe qué profesión escogerá cuando sea un adulto. Está orgulloso de ser bueno para las matemáticas y dice que se relaja al dibujar y pintar. Fotografía de Mauricio López | RMTF

En la parcela también se peleaba a puño cerrado casi todos los días. Denis tendría 9 o 10 años cuando vio a Carlos amenazar a su mamá con una escardilla. La agitaba en el aire enfurecido. Dayana se defendía con un palo. Denis sintió un calor en el pecho y corrió hacia Carlos. Lo golpeó en la espalda, los brazos, las piernas. Sabía que papá no sentía dolor por más fuerte que le pegase, pero no quería parar. 

Mientras Carlos empujaba a Denis para quitárselo de encima, su hermano Fabio miraba asustado. Tenía 5 o 6 años. Quería que su papá estuviera siempre de buen humor, como aquel día que fueron al parque de diversiones. Carlos lo dejó subir a los aparatos que se balanceaban de un lado a otro. Le gustaba el cosquilleo en el estómago cuando quedaba suspendido en el aire.  

Fabio se parece a su mamá. Tiene el cabello liso y oscuro. La piel tostada. En casa lo llamaban Terremoto. No obedecía a sus padres, tampoco a sus abuelos. Se escapaba de clases para jugar béisbol y hacer papagayos con sus hermanos más pequeños. Fabio quería ser abogado para llevar a los malos a la cárcel. “Ser abogado es chévere porque puedes ser el jefe y mandar a otros. ¡Caso cerrado!”.

Denis aprendió a cocinar con su madre cuando vivían en la parcela. Le gusta preparar el almuerzo cada vez que tiene una oportunidad para hacerlo, como en esta ocasión en casa de un amigo. Días atrás conversaban sobre el futuro de Denis, y su amigo le dijo que debería estudiar para ser un gran chef. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Denis aprendió a cocinar con su madre cuando vivían en la parcela. Le gusta preparar el almuerzo cada vez que tiene una oportunidad para hacerlo, como en esta ocasión en casa de un amigo. Días atrás conversaban sobre el futuro de Denis, y su amigo le dijo que debería estudiar para ser un gran chef. Fotografía de Mauricio López | RMTF

La despedida

Fabio viajaba solo en el ferrocarril de los Valles del Tuy a los 10 años. Se quedaba horas en Chacaíto, Chacao o Altamira. Se hizo amigo de los niños que vendían caramelos y pedían dinero en las calles. Cinco años después, decidió quedarse con ellos y no regresar a casa. Lo llamaron hermano desde el primer momento. “Ven con nosotros, hermano”. “Yo te cuido, hermano”. “Fuma con nosotros, hermano”. 

Le ofrecieron un cigarro que nunca había visto. Estaba envuelto en papel arrugado. “Es marihuana pero le decimos cripy”. Fabio fumó hasta que sintió que su cuerpo se apagaba. Parecía que el tiempo pasaba más lento. Olvidó que tenía hambre y de pronto ya no importaban los problemas de casa. Con el pasar de los días sintió más ganas de fumar que de comer. La primera vez que Denis lo vio en la calle lo encontró ido. Pelearon.

*

Una ambulancia esperaba a Dayana fuera de la parcela. Tenía 33 años pero se había convertido en una anciana para sus hijos. Perdió mucho peso en pocos meses y la piel de los brazos le colgaba como un globo desinflado. No dejó de maquillarse, pero nada ocultaba sus ojeras. “Mamá estaba enferma y nadie decía qué tenía”. Aquel día la abuela pidió a sus nietos juntarse para una foto. No había nada que celebrar, así que ninguno hizo caso. La abuela insistió y dijo que era importante. Denis fue el único que se puso de pie y abrazó a su mamá. Escucharon que la ambulancia la llevaría al Hospital Militar.

Denis tenía 13 años y Fabio 9. Durante semanas no supieron de Dayana. Nadie los llevaba al hospital a verla. Un día, la policía llegó a la parcela para llevarlos a La Guaira. Los dejaron en una casa donde vivían muchos niños. Los hermanos no sabían por qué estaban ahí, pero el lugar les gustaba. Paseaban por la playa todas las semanas, y en el patio trasero de la casa había una piscina. 

No pasó mucho tiempo cuando su familia los buscó para llevarlos a Charallave y los niños creyeron que por fin verían a su madre. En casa solo estaba papá. Carlos se acercó y habló con ellos sobre lo mucho que Dayana los amaba. Les dijo que tenía cáncer, una palabra que nunca habían oído. Mamá había muerto.

La familia se separó. Unos vivirían con la abuela materna, otros con sus tíos. Denis y Fabio fueron enviados a otra casa hogar. En julio de 2014, tres meses después de la muerte de Dayana, un tribunal dictó una medida de colocación en una entidad de atención. Vivirían en la Unidad de Protección Integral José Laurencio Silva en San Carlos, capital del estado Cojedes, a 300 kilómetros de casa. 

Denis iba a la escuela en Cojedes. Estudiar le recordaba a su madre en la parcela y eso lo hacía sentir mejor. Los días favoritos de Fabio en la nueva casa hogar empezaban con batido de chocolate o chicha en el desayuno. La abuela paterna, la señora Josefa, reunía dinero limpiando casas para pagar el pasaje de autobús a San Carlos. Visitaba a sus nietos al menos una vez al mes. Les hacía promesas. Decía que volverían a Charallave, que ya no tendrían que vivir con extraños, que estarían con su familia y se aseguraría de que siguieran estudiando. Pero los niños estaban contentos y no querían regresar a la parcela. 

Fabio, de camisa verde, y su hermano Denis, de gorra verde y negra, asisten a un programa de ayuda los viernes por la mañana junto a otros niños en situación de calle. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Fabio, de camisa verde, y su hermano Denis, de gorra verde y negra, asisten a un programa de ayuda los viernes por la mañana junto a otros niños en situación de calle. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Una bolsa de caramelos

Denis tenía tanta hambre que no podía mantenerse en pie. Sin decirle nada a los otros que pedían con él cerca del semáforo, se alejó. Se dejó caer en el suelo. Miró al cielo y cerró los ojos. Pensó en las cosas que estaba haciendo mal. Había olvidado cómo leer y escribir. Pensó en su madre y se dio cuenta de que no recordaba cuántos años habían pasado desde su muerte. “Siento que pasaron cinco años. ¿O quizás han sido siete?”. Las mañanas y las tardes eran todas iguales para Denis en el cruce peatonal. Pedir y comer, pedir y drogarse. Pelear con otros niños y huir. Si tenía suerte, huir y dormir. 

—Pensaba en mi mamá todo el tiempo. Pero es mejor no pensar en eso. Me drogaba para olvidar que ella estaba muerta. 

Denis cerraba los ojos e imaginaba a Dayana junto a él. Podía ver su cabello liso y negro. Su rostro tostado por el sol. Ella lo abrazaba. Pero los buenos recuerdos lo hacían sentir triste porque aparecía “la voz”. Denis escuchaba una voz que no era la de su madre. Parecía estar dentro de su cabeza. Le decía que debía dejar el pasado atrás porque ahora era un niño solo. La voz insistía en que su familia no lo quería. Denis sentía que la voz tenía razón.  

*

Denis no sabe con certeza su edad, pero dice que tiene 17 años. En las calles fumaba marihuana. Nadie le enseñó. Observó cómo otros muchachos lo hacían y los imitó. Solo una vez probó la "piedra" (crack) y la sensación de paranoia que sintió después lo asustó tanto que no volvió a consumir. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Un tribunal dio la custodia a la abuela Josefa en agosto de 2015. Ella tenía 64 años y ellos 14 y 10. Carlos no podía cuidarlos. Un informe médico dice que tiene “trastorno orgánico de la personalidad, psicosis y trastorno psicótico producido por consumo de drogas múltiples”. “Mi hijo no es agresivo, es un hombre bueno. Solo les pega cuando tiene una crisis. O cuando se portan muy mal”.

La abuela Josefa dice que Carlos sufre mucho por sus hijos. “No quiere tomar sus medicinas. No quiere hacer nada por él y está muy flaco. Puro cigarro y café. Solo come cuando está en mi casa o en la de su hermana. Tiene semanas que no va al trabajo. Está mal porque Denis y Fabio están en la calle”. 

Después de la muerte de Dayana, Carlos se enamoró de otra mujer y compartían la parcela. Denis intentó vivir con ellos cuando regresó de Cojedes, pero peleaba todos los días con su madrastra. Una vez ella intentó golpearlo con un palo y su padre no hizo nada para impedirlo. Denis habló con Carlos. 

—Papá, no quiero vivir con ella. Me hace daño. No me gusta que quiera dominarme. ¡Ella no es mi mamá! 

—¡Si no te gusta, puedes irte! —respondió Carlos frente a su novia. 

Denis se sintió humillado y decidió que no volvería. Se quedó con su abuela Josefa. 

Cuando asumió el cuidado de Denis y Fabio en 2015, Josefa tenía diabetes e hipertensión y tres infartos encima. Caminaba con un bastón desde que se cayó de una moto. Ganaba dinero limpiando casas, planchando, cosiendo o remendando zapatos. 

Fabio, de 15 años, se quedó en las calles siguiendo los pasos de su hermano mayor. Dice que su padre pasa de vez en cuando por las calles en las que deambula para convencerlo de que regrese a casa. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Un día Josefa les dijo que su papá trabajaba desde los 8 años. Limpiaba zapatos en Parque Cristal para ayudar en la casa. Dio a Denis y a Fabio un paquete de caramelos para que lo vendieran. Les advirtió que no podían comérselos. Debían trabajar como lo había hecho su padre. Denis dejó el liceo cuando terminó primer año. Fabio llegó hasta sexto grado. 

Los hermanos comenzaron a pasar más tiempo en la calle que en la casa. Su abuela y sus tíos compraban la comida de la semana con el dinero que ellos ganaban, pero los muchachos recibían porciones más pequeñas que el resto. No les parecía justo. Peleaban por su parte a gritos e insultos. Denis le dijo a su tía que estaba cansado de trabajar en las calles mientras ella no hacía nada. Su tío lo echó de la casa. 

Tiempo después, Fabio también escaparía. “¡En la calle soy libre! Puedo hacer lo que quiera. Puedo echarme donde yo quiera y nadie me dice qué hacer”. 

Denis no sabe con certeza su edad, pero dice que tiene 17 años. En las calles fumaba marihuana. Nadie le enseñó. Observó cómo otros muchachos lo hacían y los imitó. Solo una vez probó la "piedra" (crack) y la sensación de paranoia que sintió después lo asustó tanto que no volvió a consumir. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Denis no sabe con certeza su edad, pero dice que tiene 17 años. En las calles fumaba marihuana. Nadie le enseñó. Observó cómo otros muchachos lo hacían y los imitó. Solo una vez probó la "piedra" (crack) y la sensación de paranoia que sintió después lo asustó tanto que no volvió a consumir. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Fabio, de 15 años, se quedó en las calles siguiendo los pasos de su hermano mayor. Dice que su padre pasa de vez en cuando por las calles en las que deambula para convencerlo de que regrese a casa. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Fabio, de 15 años, se quedó en las calles siguiendo los pasos de su hermano mayor. Dice que su padre pasa de vez en cuando por las calles en las que deambula para convencerlo de que regrese a casa. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Fabio escucha a su hermano mayor contar a sus amigos las razones por las que ya no quiere estar en la calle. Les dice que "la mente es débil, pero sí se puede ser más fuerte". Trata de convencerlos para que dejen la calle, pero no todos están dispuestos. Algunos se burlan de él y lo llaman "fumón". Creen que no podrá resistir la tentación y volverá a la calle con ellos. Denis dice que solo están celosos. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Fabio escucha a su hermano mayor contar a sus amigos las razones por las que ya no quiere estar en la calle. Les dice que "la mente es débil, pero sí se puede ser más fuerte". Trata de convencerlos para que dejen la calle, pero no todos están dispuestos. Algunos se burlan de él y lo llaman "fumón". Creen que no podrá resistir la tentación y volverá a la calle con ellos. Denis dice que solo están celosos. Fotografía de Mauricio López | RMTF

La ducha

Denis quiso dejar la calle por primera vez el día que lo robaron. Dormía. Cuando despertó, intentó ponerse de pie para seguir a los ladrones que se llevaron su dinero y sintió que un líquido bajaba por su pierna derecha. Salía sangre de su muslo y llegaba a los pies. Se palpó. Tenía una herida de cuchillo. Lo cortaron con cuidado y sin prisa. La herida se infectó.  

La segunda vez que quiso dejar la calle, la policía lo atrapó mientras dormía. Sintió un golpe en las costillas y abrió los ojos asustado. La policía pidió a todos que se levantaran y se pusieran en fila contra la pared. Denis escuchaba cómo golpeaban a sus amigos con los cascos. “Nos pusieron a ver estrellitas”. Uno de los policías tenía en las manos una bolita de aluminio con una mecha en el medio. La encendió, la tiró en el suelo y una cortina de un humo blanco cubrió a Denis de pies a cabeza. Los ojos le ardían y no podía respirar. 

Denis y Fabio pelean con otros niños en situación de calle por la comida y lo que encuentran en la basura que pueden revender. Las cicatrices de brazos y piernas son las cortadas de cuchillos que han sufrido en las peleas. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Denis y Fabio pelean con otros niños en situación de calle por la comida y lo que encuentran en la basura que pueden revender. Las cicatrices de brazos y piernas son las cortadas de cuchillos que han sufrido en las peleas. Fotografía de Mauricio López | RMTF

Denis se hartó finalmente de la calle el domingo 4 agosto de 2019. Era una tarde solitaria. Vio a un grupo de policías acercarse al cruce donde mendigaba junto a su hermano. Corrieron entre los autos, se dispersaron por la avenida buscando un lugar para esconderse. Atraparon primero a Fabio y lo golpearon en la cabeza. Después quemaron la sábana con la que se arropaba y una muda de ropa. Eran todas sus pertenencias. A Denis le pegaron con un tubo por detrás de las rodillas y cayó al suelo. Después lo golpearon en las nalgas. Los policías no se lo llevaron, pero le advirtieron que no querían verlo más en la calle. Recordó que su papá le había dicho que si seguía en la calle no llegaría a los dieciocho años. “Eres muy bruto para sobrevivir”. Pensó que su papá tenía razón. Lo agarraron por bruto. 

*

Volver a casa no era opción. No había suficiente comida. La abuela Josefa vivía de las ventas de chupetas y caramelos en la Plaza Bolívar de Caracas. Fue designada guardiana de la plaza por la Jefa de Gobierno del Distrito Capital, Carolina Cestari. Hay más de 60 personas como Josefa. “Voy siempre que puedo para que la Jefa me vea la cara. Así sabe que estoy allí por si van a repartir las bolsas de comida”. Su único ingreso fijo es la pensión de 40.000 bolívares, con eso compra un kilo de arroz.

Denis pidió ayuda a un amigo que le podía dar casa y comida, al menos temporalmente. Lo había conocido meses antes en una fundación que ayudaba a niños en situación de calle. Solo le exigía cumplir las normas de la casa y estudiar. Denis estaba dispuesto.

Lo primero que hizo fue darse un baño con agua y jabón. Al mirarse al espejo, se dio cuenta de que no recordaba cómo era el color de su piel cuando estaba limpio. Detalló su espalda ancha y sus brazos delgados, pero de músculos marcados. “¿Cuándo crecí tanto? ¡Tengo un burro de tamaño!”. Bajó los hombros en un suspiro. “Yo creí que sería chiquito para siempre”. Pensó en su hermano menor. 

—¿Por qué no quiso venir contigo?

—Porque a él le gusta la calle. Por eso le dicen Terremoto, no hace caso. Le gusta el vicio. 

—¿Lo extrañas?

—Mucho. Sabía que eso iba a pasar. Pero no imaginé que me sentiría así.

—¿Así cómo?

—Débil. Me siento débil y triste. Lloro por las noches porque mi hermano no está conmigo.

***

No se usaron nombres reales en esta crónica para proteger la identidad y la privacidad de los adolescentes, sus familiares y amigos. 

Créditos:

Dirección general: Ángel Alayón y Oscar Marcano

Jefatura de investigación: Valentina Oropeza

Jefatura de diseño: John Fuentes

Dirección de fotografía: Roberto Mata

Jefatura de innovación: Helena Carpio

Texto: Indira Rojas

Edición: Ángel Alayón, Oscar Marcano, Valentina Oropeza

Producción digital: John Fuentes

Fotografías: Mauricio López | RMTF

Redes sociales: Salvador Benasayag

Caracas, 23 de septiembre de 2019